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Gestión del riesgo desde el bienestar y confianza en el territorio

Bancolombia
Escrito por:

Bancolombia

Bienestar y sostenibilidad | 16 ene 2026

Lectura de 5 min

La gestión del riesgo en Colombia va más allá de lo técnico: nace de la confianza, el diálogo y el reconocimiento del territorio como actor vivo. Comunidades, Estado y empresas solo previenen riesgos cuando escuchan, tejen vínculos y construyen juntos.

En Colombia, la gestión del riesgo va mucho más allá de lluvias, ríos desbordados o deslizamientos. Implica hablar de desigualdad estructural, confianza y decisiones que definen el destino de poblaciones enteras. Desde trayectorias distintas, Santiago Londoño, cofundador de la plataforma Tejeduría Territorial —que articula academia, comunidades y sector empresarial—, y Marilyn Jiménez, con amplia experiencia en el servicio público, conocen una verdad fundamental: el riesgo no se gestiona solo con protocolos, sino con personas, conversaciones en doble vía y responsabilidades compartidas.

Hay dos escenas que ocurren en paralelo

Santiago Londoño vive entre datos, historias que se cruzan y algunas preguntas constantes: ¿Cómo construir confianza entre sectores que siempre han sido distantes? ¿Cómo superar esas divisiones para responder a las necesidades urgentes de las comunidades? ¿Cómo entender los problemas silenciosos y las relaciones que atraviesan el país?

Tejeduría Territorial no nació detrás de un escritorio, sino en un salón de clases, tras días de investigación y trabajo de campo. Surgió como tesis de la maestría de Estudios Urbanos y Ambientales en la Universidad EAFIT, cuando Santiago y Aka —rapero y agricultor de la Comuna 13 en Medellín— identificaron algo esencial: ni las políticas públicas ni los gobiernos, por sí solos, son suficientes. Para enfrentar los desafíos de un municipio o un barrio —o una empresa— hay que poner a conversar a las distintas personas que viven allí, lograr que se escuchen de verdad y piensen, entre todos, caminos y herramientas que funcionen para su realidad.

Mientras tanto, Marilyn Jiménez inicia su trabajo entre reuniones, llamadas y expedientes. Desde el servicio público, su oficio tiene caras y nombres concretos: pueblos desplazados, familias que piden protección, derechos que necesitan ser defendidos más allá del papel. Su día a día sucede entre decisiones urgentes y la responsabilidad de cuidar a quienes están en riesgo permanente.

A ellos les hicimos una invitación para charlar, en compañía de Fundación Bancolombia y Grupo Origen Red Liderazgo, con el fin de entender cómo, desde la sociedad y el servicio público, podemos buscar vías y puntos de encuentro para que las regiones sean espacios de vida, memoria y derechos.

El territorio es un actor

El riesgo no es solo una amenaza natural. Es el resultado de cómo vivimos, cómo nos organizamos y qué tan escuchadas son las personas que habitan cada lugar”, afirma Santiago.

Para él, uno de los principales errores en la gestión del riesgo en Colombia ha sido tratar el territorio como un mapa y no como el actor central. En un territorio viven personas reales, con historias, costumbres, sueños y necesidades propias —algunas permanentes, otras temporales— que no se pueden estandarizar. Por eso, su trabajo implica recorrer los espacios, caminar sus calles y tejer relaciones entre comunidades, universidades y empresas para buscar soluciones prácticas.

Marilyn comparte esta mirada. “Muchas políticas públicas fracasan no porque estén mal diseñadas, sino porque no dialogan con los saberes locales”, explica. Las comunidades saben dónde se inunda primero, qué zonas se vuelven peligrosas, dónde falla la infraestructura o quiénes están siendo amenazados. Sin embargo, esas voces muchas veces llegan tarde —o no llegan— a los lugares donde se toman las decisiones.

Desde su experiencia, también señala que, por lo general, se sobreestima la infraestructura y se subestima a la gente. Se construyen canchas, centros comunitarios, carreteras u obras de gran calidad, pero sin procesos sociales bien estructurados que las sostengan. Sin una comunidad escuchada, organizada y empoderada, incluso la mejor obra se vuelve frágil.

Desde el gobierno y las instituciones debemos entender que la transformación territorial solo es posible si se incluyen todos los actores, empezando por las bases. Todas las voces y experiencias deben ser tenidas en cuenta al construir políticas públicas. En este sentido, las asambleas veredales, comunitarias y municipales son una gran herramienta para escuchar realmente a los habitantes”, afirma.

¿Dónde entra el Estado?

Para Marilyn, el Estado no puede improvisar ni perder su propósito central: proteger la vida, la dignidad y la capacidad de una comunidad para levantarse después de una crisis.

Sin embargo, uno de los mayores desafíos a la hora de diseñar planes y distribuir presupuestos es poner el interés colectivo por encima de los intereses particulares. “En la gestión del riesgo entran en juego egos e intereses de muchos sectores, y eso termina debilitando los procesos”.

Por eso, para ella es clave que quienes toman decisiones lo hagan basados en tres pilares: información, formación técnica adecuada y absoluta transparencia. En este punto, el trabajo articulado con la sociedad, y desde adentro, permite llegar al territorio con un plan de acción más claro.

Cuando una comunidad está coordinada y hay confianza entre sus actores, el trabajo institucional funciona, genera sentido de pertenencia y promueve el cuidado y la vigilancia para que las obras se ejecuten y se sostengan en el tiempo. “La ciudadanía tiene un papel central en el control social: preguntar, exigir y verificar que las políticas públicas y las obras se implementen correctamente”, asegura.

Santiago, por su parte, reconoce la importancia del Estado, pero propone que su rol llegue en una segunda etapa. Los encuentros que organiza desde Tejeduría Territorial comienzan siempre sin el gobierno. “Para que el diálogo fluya, las relaciones deben ser horizontales, no de poder. Cuando hay asimetrías, la confianza se rompe”, explica.

En su propuesta, una vez se ha delimitado un territorio (una comuna, por ejemplo), los representantes de distintos sectores que se han sentado a conversar —pocos, para que todos puedan escucharse— y se han identificado los problemas, causas y posibles soluciones; es entonces cuando las instituciones públicas pueden entrar a fortalecer y escalar esos resultados. Así, el territorio habla primero y el Estado responde mejor.

En tu empresa, ¿Cuál es el camino para gestionar el riesgo con tu equipo y con la comunidad que la acompaña?

La polarización también es un riesgo

Aunque Marilyn y Santiago tienen dinámicas distintas, están de acuerdo en que la gestión del riesgo no puede tratarse de una serie de acciones aisladas. Y, como ya hemos dicho, el éxito de esta depende de nuestra capacidad para conversar. Esto significa, en gran medida, hablar con quienes piensan distinto o quienes han tenido otras experiencias de vida.

Pero aquí está la llave, dice Santiago: “debemos compartir historias, reconocer dolores y entender que el riesgo también nace cuando hay exclusión, estigmatización y olvido”.

Y añade: “Cuando uno llega a un territorio, lo primero que encuentra son las distancias entre líderes, entre comunidades e instituciones, entre quienes tienen poder y quienes no se sienten escuchados. Nosotros empezamos por ahí, por tender hilos. Por ayudar a que las personas se miren a los ojos y entiendan que la confianza es la mejor forma para superar obstáculos y crear oportunidades”.

Marilyn está de acuerdo: “la polarización en la que vivimos es la mayor causa de desconfianza y desilusión. El país necesita volver a creer en sí mismo, construir un solo camino, respetando las opiniones distintas, pero remando hacia el mismo lado”.

Quien durante años ha trabajado en la protección de los derechos humanos sabe bien que, aunque no siempre nos guste lo que piense el otro, escucharnos es el primer paso. “Compartir historias sensibiliza profundamente”. A partir de entonces es más fácil respetarnos, ser más reflexivos frente a lo que pensamos y decimos de otros, escapar de los discursos que estigmatizan y buscar puntos medios en los que podamos empezar a construir.

Santiago finaliza: “Los mayores obstáculos son la desinformación, los prejuicios y la sensación de que nadie está dispuesto a escuchar al otro. Pero cuando logramos que un líder empresarial y un líder comunitario se sienten, se oigan genuinamente y descubran que comparten más de lo que creen… ahí empieza el cambio”.

¿Estás de acuerdo? ¿Qué están haciendo tú y tu empresa para iniciar el cambio y evitar los riesgos profundos a los que nos lleva la desconfianza, al desinformación y la polarización?

Herramientas para empresarios

Un municipio, un barrio o una empresa están hechos de personas. Y gestionar el riesgo implica, ante todo, cuidar de ellas. Aquí una serie de consejos para crear vínculos reales entre tu comunidad, crecer juntos y prevenir problemas.

  1. Leer el territorio antes de intervenir. La gestión del riesgo empieza entendiendo cómo vive la gente, qué tensiones existen y qué sostiene la vida cotidiana. No solo debes oír a todos tus empleados, también debes salir al territorio, escuchar a actores locales y reconocer los riesgos sociales, ambientales y culturales.

  2. Mapear vínculos, no solo actores. Un conflicto casi siempre nace de una relación rota o inexistente. Por tanto, identifica actores clave y analizar la calidad de la relación con la empresa: confianza, distancia, tensión o cooperación.

  3. Escuchar para prevenir riesgos. Cuando hay canales de diálogo activos, los riesgos se pueden anticipar. Hacer asambleas y encuentros periódicos donde la empresa escuche las preocupaciones, expectativas y alertas de sus empleados y de la comunidad donde se desarrolla.

  4. Reconocer los riesgos compartidos. Identifica los riesgos que impactan tanto a la empresa como a la comunidad y busca acciones para prevenirlos.

  5. Construir respuestas colectivas. Trabajar en equipo evita la incertidumbre y hace más fuerte el tejido social. Así que diseña respuestas junto a organizaciones sociales, líderes comunitarios, academia y sector público.

  6. Detectar señales tempranas desde el territorio. El territorio siempre habla antes de que el riesgo estalle. Busca cambios en el ánimo de tus empelados o de la comunidad, rumores o silencios prolongados porque son alertas reales.

  7. Protocolos humanos. La forma en que la empresa actúa ante una crisis puede hacer más fuertes o romper relaciones. Por tanto, es clave que definas protocolos y acciones claras donde haya comunicación empática, presencia en el territorio y cuidado de las relaciones.

  8. Aprender. Después de una situación de riesgo, reúne a los actores involucrados para reflexionar sobre lo sucedido, ajustar prácticas y revivir los vínculos si se han roto.

Tras escuchar a Santiago y a Marilyn, queda clara una conclusión: la gestión del riesgo no es solo técnica o política. Es profundamente humana. Necesita que nos cuidemos juntos y que entendamos que el territorio no es un problema sino un aliado. Ningún lugar puede ser fuerte si su gente está dividida, y ninguna comunidad puede enfrentar sola los riesgos que definen su historia.

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