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Cómo tener conversaciones difíciles para construir país

Bancolombia
Escrito por:

Bancolombia

Bienestar y sostenibilidad | 02 ene 2026

Lectura de 4 min

Hablar de lo que duele no es fácil, pero ahí donde están las claves para transformar a Colombia. Juan Carlos Rodríguez y César Iván Hernández aceptaron el reto: escucharse sin juicios y demostrar que un diálogo honesto abre caminos hacia el cambio.

Hablar de lo que duele no es fácil. En Colombia, muchas veces preferimos evitar las conversaciones incómodas porque abren heridas, nos enfrentan con la rabia, el miedo o culpas que nadie quiere cargar solo. Sin embargo, es justamente ahí —en esos temas que evitamos— donde se esconden algunas de las claves para transformar al país. Juan Carlos Rodríguez, aspirante al Congreso, y Cesar Iván Hernández, defensor de derechos humanos y firmante del acuerdo de paz, aceptaron el reto que les propusimos: escucharse y conversar con honestidad y sin juicios.

El sonido de las balas silbando en la selva, los animales salvajes rondando el campamento en medio de la selva, el miedo en los ojos de los secuestrados, el llanto de las familias que dejaron su casa para huir de la guerra, los 13 años de soledad en una celda fría, el dolor infinito por haber dejado a su hija… Todo eso sigue vivo en César Iván. Sí, forma parte de un pasado doloroso, uno que le pesa como plomo. Pero, tras recuperar su libertad hace cuatro años, ha logrado convertirlo en motor para cambiar la historia: para aportar, ahora como líder comunitario, desde sus vivencias, su arrepentimiento y un deseo genuino de transformar al país.

Por su parte, a Juan Carlos todavía le duele la muerte de su padre en un accidente aéreo, y el ruido de las bombas —que durante años fue la banda sonora de su infancia— sigue firme en la memoria. Varios de sus familiares sufrieron la violencia brutal del narcotráfico. Esa tristeza lo acompaña, pero tiene claro que el amor de su mamá y de su hermana fue suficiente para sostenerlo. En su caso hubo oportunidades, y supo aprovecharlas. Estudió economía y ha dedicado casi dos décadas de su vida al servicio público, asesorando a líderes políticos.

Las circunstancias los llevaron por caminos distintos —y desiguales—, pero, en el fondo, el impulso era el mismo: querían una Colombia más justa.

Por eso, aceptaron la invitación que les hicimos en compañía de Fundación Bancolombia y Grupo Origen Red Liderazgo. Porque creemos que ahí está la clave: en entender que conversar sobre lo difícil no significa estar de acuerdo ni olvidar el pasado ni justificar lo injustificable. Significa reconocer que nadie tiene la historia completa y que solo hablando —con conocimiento, respeto y valentía— se puede construir algo distinto.

Entender las diferencias

Juan Carlos eligió el camino de la política, asesorando a congresistas y viendo de cerca cómo se toman las decisiones en el país. Su vocación nació, según cuenta, de la indignación al ver cómo se ha normalizado el irrespeto por la ley, la informalidad y la cultura del “vivo vive del bobo”.

Todo eso nos duele, nos divide, nos deja atrapados en desigualdades profundas”, afirma.

César Iván, en cambio, terminó en la guerra tras sobrevivir a dos atentados paramilitares. Cuando entendió que su familia corría peligro, envió a su esposa y a su hija a España y decidió enfrentarse a sus enemigos. “En ese momento pensé que era lo mejor para mí, para ellas y para el país”, recuerda.

¿Qué decisiones te han llevado al lugar dónde estás?

¿Desde dónde empezar a hablar?

Las cicatrices de la guerra son profundas, pero el presente de César Iván es muy diferente. Hoy dedica su vida a trabajar como líder comunitario con víctimas y comunidades vulnerables, y a facilitar espacios de encuentro entre sectores que antes ni siquiera podían mirarse. Ha aprendido que una conversación solo es posible cuando se llega con conocimiento real de la historia del otro.

La gente dice que hay que tener empatía, pero yo creo que no siempre es posible. Uno no puede sentir en el cuerpo el dolor de una madre que perdió a su hijo. Lo que sí puede —y debe— hacer es conocer sus circunstancias. Tal vez no comparta sus decisiones, pero si entiendo quién es y por qué ha vivido lo que vivió, puedo sentarme a hablar

César Iván Hernández

Juan Carlos está de acuerdo, pero lo dice desde su propia experiencia:

“La escucha activa es fundamental: escuchar más que hablar. Hay que levantar la voz sin dejar de reconocer al otro. Las circunstancias llevan a tomar decisiones difíciles, pero eso no convierte a nadie en una mala persona”.

Reconocer los errores propios

Para que una conversación así ocurra, no puede haber relaciones de poder ni superioridades morales. Todos llegamos con errores, culpas y heridas. Y el diálogo solo avanza cuando esas cargas se reconocen.

“Sentarse a hablar con alguien por quien uno sintió odio, dolor o miedo es muy duro”, admite César Iván, desde su posición de facilitador y defensor de derechos humanos. “Y si uno no está listo, es mejor esperar. A mí me costó mucho cuando me pidieron compartir espacio con militares. Salí furioso. Hoy entiendo que fue una reacción absurda. ¿Por qué no darles también la oportunidad? Cuando empecé a escucharlos, entendí muchas de sus realidades: yo también había vivido y sentido lo mismo. Otro punto importante es saber qué decir. Muchas veces un comentario revictimiza, hiere, invisibiliza al otro de entrada”.

Me di cuenta de que muchas veces hacía activismo desde el enojo. Y así la dinámica se convierte en enojo contra enojo. Ese camino no sirve para construir país. Yo quiero pensar en una política sin avaricia, sin envidia, sin odio. Quiero ayudar a cambiar esas narrativas

Juan Carlos Rodríguez

Vale la pena preguntarnos: ¿cuántas veces hemos juzgado antes de escuchar? ¿Antes de entender de dónde viene la verdad del otro?

Reconocer al otro y su verdad

En ese sentido, un primer ejercicio, Juan Carlos afirma: “A pesar de los muchos prejuicios que me he formado, porque no comparto la violencia como medio, estoy seguro de que César Iván y yo queremos que Colombia tenga nuevas oportunidades. Ambos somos muy sensibles y creemos en el cambio, aunque quizás tengamos posturas distintas. Creo que eso nos une y que hoy podríamos trabajar juntos”.

César Iván responde: “Por supuesto que yo tenía ideas preconcebidas. No entendía a esa gente que promovía la guerra, que decía que había que darnos plomo como si en la guerrilla no estuviéramos seres humanos. Lo decían quienes no iban a mandar a sus hijos a la guerra, porque, seamos honestos, a la guerra van del estrato tres para abajo. Va el pueblo. Eso era lo que pensaba de los empresarios y de la clase política. Pero he cambiado mi forma de pensar, empecé a ver y oír otras posiciones. Ahora sé que no vale la pena pelear contra los que tienen más dinero o más oportunidades. ¿Por qué voy a pelear con ellos? Si ellos también quieren lo mismo que yo y tienen a la mano la oportunidad de ayudar a las comunidades. Ellos a veces no son bienvenidos en las comunidades, pero yo puedo ser un vehículo para unirlos y lograr transformaciones profundas”.

Lo que nos falta como sociedad

Para Juan Carlos el 95% de la población no está preparado para tener conversaciones sobre temas difíciles con otros, porque, según él, las personas en Colombia hablamos desde “el yo”: “yo creo”, “yo considero”, “yo opino”. Somos incapaces de ponernos en el lugar del otro.

Esta dificultad —explica— tiene mucho que ver con un problema estructural de educación. Tanto la educación pública como la privada han dejado de lado el desarrollo de habilidades para vivir en el siglo XXI. “Desde la primaria deberían enseñarse habilidades blandas: aprender a manejar las emociones, a trabajar en equipo y a comunicarnos mejor. También deberíamos formarnos para interesarnos por lo público: las leyes, la democracia y las finanzas, porque todo eso define nuestra vida cotidiana. Una educación así le daría un nuevo sentido a lo que significa ser ciudadano en Colombia”.

César Iván, por su parte, considera que lo que más necesita el país es sentido común. Desde el gobierno, las ONG, las organizaciones sociales o quienes facilitan procesos de diálogo, es fundamental entender que nadie ocupa el centro del panorama. Todos son apenas una parte del todo. Aunque existan buenas intenciones, nadie viene a “salvar” a nadie, sino a participar en una conversación de doble vía, en la que cada actor tiene algo que aportar.

No hay soluciones mágicas para problemas complejos. Por eso, más que prometer respuestas definitivas o asumir el rol de salvador, el verdadero aporte está en actuar como puente: articular a distintos actores, saber elegir el momento adecuado para hablar y, sobre todo, reconocer cuándo es mejor callar y solo escuchar.

Consejos para hablar de temas difíciles con amigos y familia

Sabemos que las conversaciones fluyen… hasta que llegamos a los temas difíciles. Ahí todo se enreda, perdemos los estribos y nos enfrentamos incluso con las personas que más queremos. Para encontrar un camino que nos permita hablar sin atacarnos, le pedimos a Heike Munchmeyer, facilitadora y coach de Grupo Origen Red Liderazgo, que nos diera un método que nos permita mirar con los lentes de otros.

Haz una pausa

  • Cuando notes que entraste en un tema difícil y te estás enganchando, detente y respira. Reconoce que estás juzgando y que quieres salir de la pelea.

Conecta con lo que sientes

  • Pregúntate: ¿quiero conocer el punto de vista del otro? ¿Quiero ampliar mi mirada?

Escucha de verdad

  • Muchas veces oímos solo para responder, debatir o convencer. Escuchar activa y genuinamente implica abrir el corazón, no solo los oídos.

Activa la curiosidad.

  • Pregunta por su historia, por lo que ha vivido, por lo que lo llevó a pensar así. Descubrirás que, en el fondo, casi todos queremos cosas muy parecidas.

Valida sin juzgar

  • Parafrasea, resume lo que entendiste y reflexiona: ¿qué aprendiste?, ¿qué no sabías?, ¿qué cambió en ti? La solución para Colombia no está en menos conversaciones incómodas. Necesitamos muchas más. Pero bien hechas. Con personas dispuestas a escuchar de verdad, a reconocer privilegios y heridas, y a sentarse, incluso con quien pensó que jamás lo haría, para preguntarse juntos: y ahora, ¿cómo seguimos?

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