“Cada vez estamos en un escenario donde la incertidumbre dejó de ser una variable y se convirtió en una regla”.
El 2026 llega con más volatilidad: transición política regional, tensiones globales, riesgos financieros y nuevas dinámicas de poder. Aun así, emergen oportunidades para Colombia y la región. Explora aquí los riesgos y señales que debes vigilar.
Nota para el lector:
En 2026, entramos en una era donde las reglas del juego dejaron de estar escritas. Los últimos años han demostrado que los shocks ya no vienen uno a la vez, sino en cascada: tensiones geopolíticas que se mueven más rápido que los mercados, tecnologías que se escalan sin permiso y sistemas financieros presionados por niveles históricos de deuda. En este entorno, la habilidad estratégica más valiosa ya no es anticipar, sino entender la naturaleza del riesgo antes de que cambie de forma.
Al mismo tiempo, América Latina —y Colombia en particular— se encuentran en un punto infrecuente: ser más resilientes que el promedio global. Mientras las potencias lidian con disrupciones inéditas, las organizaciones de la región ya han aprendido a operar en el desorden y a navegar la incertidumbre como un estado natural. Esa particularidad, antes vista como una desventaja estructural, puede convertirse ahora en diferencial competitivo.
Pero capitalizar ese momento exige liderazgo de otro nivel: juntas directivas capaces de leer señales débiles, líderes que integren geopolítica, deuda e inteligencia artificial en sus decisiones, y organizaciones que actúen con criterio de inversión más que de reacción. La pregunta no es si habrá riesgo, sino ¿qué capacidad tendrán las compañías para convertirlo en oportunidad ejecutiva?
En 2024, el Instituto Global McKinsey planteaba en uno de sus pódcasts que el mundo actual se enfrenta a un estado de ‘permacrisis’, un término que hace referencia a la ‘crisis permanente’.
Para Saúl Botero, director general de Real Risk, el entorno internacional no es simplemente incierto, sino estructuralmente volátil, lo que ratifica ese estado de ‘permacrisis’. La geopolítica se ha vuelto un catalizador directo de riesgo financiero, con conflictos activos, presión sobre cadenas globales y un deterioro visible del multilateralismo. Y a esto, se suma el avance de la IA generativa, que redefine riesgos operativos, tecnológicos y reputacionales al tiempo que habilita nuevos modelos de productividad.
Por ello, Botero sostiene que hoy convivimos con tres familias de riesgos:
Los riesgos estratégicos: horizonte largo, competencia, estructura de mercado.
Los riesgos operativos: procesos, personas, tecnología.
Los riesgos emergentes: inciertos, no lineales y a menudo disruptivos. Aquí caben el cambio climático, la geopolítica volátil, la ciberseguridad y la IA generativa.
En este marco, los bancos y corporaciones enfrentan vulnerabilidades cruzadas: ciberseguridad al alza, fraude impulsado por inteligencia artificial, regulación desordenada y tensiones entre digitalización y confianza. Lo que antes se entendía como señales aisladas, hoy opera como un sistema interdependiente donde un shock se amplifica en cuestión de días.
No todos los riesgos emergentes son iguales ni se tratan con la misma cadencia. De acuerdo con Saúl Botero, existen tres tipos:
El elefante en la habitación: riesgos obvios que nadie quiere discutir —como la erosión institucional o el endeudamiento soberano— y que un evento menor puede tornar críticos.
El rinoceronte gris: amenazas visiblemente peligrosas —cibercrimen, fraude, cuellos tecnológicos— que se ignoran hasta que ya no pueden contenerse.
El cisne negro: eventos impredecibles de impacto masivo, desde estallidos geopolíticos hasta la paradoja de que la economía global siga funcionando aun con múltiples conflictos simultáneos.
Estos marcos, más que conceptualizaciones académicas, funcionan como instrumentos de priorización y les permiten a los equipos directivos diferenciar lo urgente de lo importante para asignar recursos de forma estratégica.
A propósito del reciente Foro de Davos 2026, el Foro Económico Mundial (WEF) plantea una lectura dual del mundo. En un horizonte de dos años, los riesgos son elevados pero manejables: turbulencia, sí, pero dentro de rangos posibles de absorción. En cambio, la mirada a diez años anticipa un mundo más tormentoso, donde confluyen riesgos climáticos, tecnológicos y geopolíticos de carácter sistémico.
Entonces, ¿qué implica esto para los líderes? Desde luego, operar con dos ritmos simultáneos: resiliencia táctica hoy (y a 2 años) y antifragilidad estratégica para la década.
“Cada vez estamos en un escenario donde la incertidumbre dejó de ser una variable y se convirtió en una regla”.
A propósito del reciente Foro de Davos 2026, el Foro Económico Mundial (WEF) plantea una lectura dual del mundo. En un horizonte de dos años, los riesgos son elevados pero manejables: turbulencia, sí, pero dentro de rangos posibles de absorción. En cambio, la mirada a diez años anticipa un mundo más tormentoso, donde confluyen riesgos climáticos, tecnológicos y geopolíticos de carácter sistémico.
Entonces, ¿qué implica esto para los líderes? Desde luego, operar con dos ritmos simultáneos: resiliencia táctica hoy (y a 2 años) y antifragilidad estratégica para la década.
Geopolítica. El paso de la multilateralidad al unilateralismo y las guerras proxy elevan primas logísticas, de seguro y de capital. Estados Unidos endurece su caja de herramientas (aranceles selectivos, control de inversiones), mientras China profundiza su “diplomacia de infraestructura”, reconfigurando rutas y dependencias. Para Colombia, la proximidad a Estados Unidos, el near y friendshoring y eventuales alineamientos políticos abren oportunidades en manufactura, agroindustria y servicios, pero demandan trazabilidad ASG, seguridad de datos y compliance comercial más sofisticado.
Deuda. La deuda soberana vuelve al centro: tasas que rebotan, déficits estructurales y necesidades de refinanciación que compiten por ahorro interno, desplazando crédito privado y encareciendo el capital de trabajo. La señal de refugio en oro en máximos es un termómetro de miedo sistémico, no un plan de negocio. En Colombia, esto pide tesorerías con gestión activa de duración, moneda y liquidez, y gobiernos corporativos que dimensionen el riesgo regulatorio/tributario en la ecuación de inversión.
Inteligencia artificial. La IA generativa habilita productividad (ventas, operaciones, analítica de riesgo), pero crea superficie de ataque y obliga a gobernanza algorítmica (datos, sesgos, explicabilidad, privacidad). En banca y fintech, ciber/fraude escalan con modelos cada vez más potentes; la respuesta no puede ser solo tecnológica: requiere roles, procesos y métricas que integren IA al control interno y a la continuidad de negocio.
En un mundo más autoritario, más violento y más tecnodependiente, Colombia no parte de cero: trae un aprendizaje forjado en décadas de volatilidad. Esa experiencia de “navegar en mar picado” puede convertirse en ventaja comparativa justo cuando parte del mundo desarrollado enfrenta por primera vez choques simultáneos de seguridad, migración y tecnología. El punto crítico, sin embargo, es que la resiliencia solo rinde dividendos si se protege lo que la hace posible: reglas de juego estables, integridad pública y privada, y una institucionalidad que blinde la competencia.
En conclusión, 2026 no es la carrera de quien adivine mejor, sino la de quien interprete más rápido: el que entienda cómo se conectan geopolítica, deuda e IA; el que lea los riesgos con la taxonomía correcta; y el que sepa operar con dos relojes a la vez, el de los próximos dos años y el de la próxima década. Ese liderazgo, más que las coyunturas, será lo que diferencie a las compañías que simplemente sobreviven de las que encuentran su ventaja en medio del desorden.
Fuentes:
Webinar de Bancolombia “Riesgos emergentes con énfasis en la transición política 2026”.
Wells Fargo Economics,
Unwinding the Tide. Latin America’s Shift to the Political Right
(11 de junio de 2025) y Latin America Elections Outlook (7 de noviembre de 2025).
El 2026 será un año de transición para Colombia. Cultivar la confianza, fortalecer instituciones y centrar el debate en ideas será clave para impulsar crecimiento, inversión y bienestar en medio de retos políticos y económicos. Lee más aquí.
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