Lo que empezó como una maestría en Europa se convirtió en una lección de vida. La historia de Eliana nos muestra cómo salir de la zona de confort y descubrir nuevas formas de entender el éxito, los negocios y el mundo.
“Tenía en mente una sola cosa: buscar algo que me obligara a salir de la zona de confort y ver la vida de manera distintita. Por eso decidí hacer una maestría que me llevó al otro lado del Atlántico”. Esta es la historia de Eliana Clavijo; de cómo soñó y se atrevió a vivir una experiencia que la cambió para siempre.
Tras atravesar un grave problema de salud aprendí que la vida puede cambiar en un segundo. Que, al final, no se trata de acumular títulos, sino perspectiva. De ser capaces de retarnos, atrevernos y vivir la mayor cantidad de experiencias posibles.
Por eso, cuando decidí hacer una maestría, en realidad no estaba buscando un diploma, sino una excusa para salir de mi rutina y enfrentarme a un mundo completamente distinto.
La encontré, después de revisar muchas opciones, en la maestría en Gerencia en Innovación y Gestión del Conocimiento de EAFIT.
Probablemente había otros programas igual de chéveres académicamente, pero este me daba algo que las otros no lo hacían: un curso de inmersión de dos semanas con clases en universidades y visitas a algunas de las empresas más importantes del mundo en Polonia y Alemania. Quería ver de primera mano y entender cómo piensan y viven personas de culturas tan lejanas a la mía.
No me arrepiento ni un segundo de esa decisión. Ese viaje terminó enseñándome mucho más que innovación: cambió por completo mi manera de entender el éxito, de construir una empresa y hasta de vivir mi propia vida.
Un plan bien diseñado
La matrícula cubría las clases, el alojamiento y parte de la alimentación durante la temporada en Europa. Pero todavía me quedaban muchos gastos por asumir. Además, pensaba que si ya iba a cruzar el océano, valía la pena aprovechar para visitar dos países con los que llevaba años soñando: Francia y Suiza.
Eso sí, lo que menos quería era pasar un mes pendiente de cuentas, conversiones o buscando casas de cambio en cada ciudad. Quería dedicarme a conocer. Por eso, antes de salir, le pedí a la IA que me ayudara a calcular cuánto iba a costarme realmente el viaje. Me hizo un cuadro detallado con todos los gastos que tendría que asumir y, con esa información, empecé a ahorrar con calma.
Guardé parte de mis primas y de las vacaciones y fui comprando dólares digitales a través de mi Cuenta Global de Wenia. Mientras lo hacía, me ilusionaba con caminar por los Campos Elíseos, subir a la Torre Eiffel o ver por primera vez la inmensidad de los Alpes suizos.
Un viaje para contar
El trabajo final de la maestría consistía en escribir una bitácora del viaje con otros tres compañeros. Así que decidimos empezar la aventura juntos tres días antes del programa académico, en Francia.
Todavía puedo sentir la emoción al bajar del avión en París. Después de tantos meses planeando el viaje, era una locura estar ahí paseando por esas calles de película con vista al Sena.
Luego vino el curso de inmersión, donde el turismo —que, por supuesto, también hubo— tuvo que abrirse paso entre las clases en la Universidad de Economía de Cracovia y la KLU, una escuela alemana de negocios, además de las visitas a empresas como Montblanc, BMW, PepsiCo y Airbus.
Descubrir más formas de ver la vida
Durante esas dos semanas de la maestría y los días libres que tomé, fueron muchas las cosas que me sorprendieron. Las fui anotando con detalle en mi diario de viaje, para que no se quedara nada por fuera.
Mi primera sensación al llegar a Cracovia es que todo funciona con una precisión relojera. Los buses llegan a la hora exacta, las clases empiezan puntuales y hasta pedir que empaquen un plato para llevar después de haber dicho que ibas a comer en el restaurante puede generar un problema. Allí todo tiene un orden que es difícil de romper.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención al visitar Polonia y Alemania fue ver cómo lograron reconstruirse y convertirse de nuevo en referentes mundiales, aún después de haber sido tan golpeados durante la Segunda Guerra Mundial.
Mientras caminaba por los diferentes barrios de Cracovia y de Hamburgo, y veía sus cafés llenos, sus edificios y su gente, me sorprendió su tremenda capacidad de resiliencia.
Después llegó Suiza. Y ahí la emoción fue completamente distinta.
Más de una vez sentí ganas de llorar frente a esos paisajes. Allí todo transmite calma. Es naturaleza en su estado más puro, la gente vive sin afán y cuando llegan las seis de la tarde parece que el mundo entero se fuera a dormir. Caminar de noche es como caminar por un pueblo fantasma.
No existe un único camino al éxito
Con la misma curiosidad y capacidad de asombro asumí las visitas empresariales. La experiencia no se trataba de aprender a hacer algo puntual, sino de abrirnos la mente y hacernos ver que no hay un solo camino para el éxito.
No imaginaba lo tecnológicas que podían ser PepsiCo, BMW o Airbus, donde absolutamente todo funciona de manera robotizada. Y mucho menos el trabajo artesanal que hace Montblanc. No hay dos plumas iguales, porque cada cliente quiere una especial, que hable de quién es.
Todas son empresas enormes, legendarias, que han sabido reinventarse con los tiempos sin dejar de ser fieles a su esencia. Y todas eligieron caminos distintos.
Me convertí en la financiera del grupo
Otra de las cosas que le pedí a la IA antes del viaje fue que analizara cuál era la mejor opción: usar mi tarjeta de crédito, que me da puntos Colombia, o usar la Wenia Card, que se solicita directamente de la app Wenia y esta asociada a mi cuenta Global.
La respuesta de la IA concluyó que, en mi caso, convenía pagar desde mi Wenia Card.
Mis amigos, aunque también eran clientes Bancolombia, eligieron viajar con una tarjeta de otra aplicación que también les permitía pagar en dólares o euros.
Para el viaje, encontramos un sistema que nos funcionó muy bien. Cada día en el grupo de WhatsApp íbamos escribiendo qué gastos hacíamos y quién lo había pagado, para al final del día saldar cuentas… Pero, nos dimos cuenta de que lo más fácil para todos era que yo pagara con mi tarjeta, porque ellos me podían pagar directamente a través de la Llave y yo podía seguir comprando dólares digitales desde la app Mi Bancolombia. Nos pareció una dinámica más práctica.
En Polonia, por ejemplo, donde el cambio es muy favorable para nosotros, puse mi tarjeta en la App de Uber y nos movimos así todo el tiempo, cosa que agradecimos, porque con el calor infernal del verano europeo, cualquier minuto caminando es durísimo.
Ya en Francia, Alemania y Suiza, donde el cambio no es tan amigable para los colombianos, nos tocó asumir el reto de andar en metro, en tren y en bus por cada ciudad. Pero, bueno, eso también hace parte de la experiencia, o ¿no?
Lo que no estaba en el pensum
Después de casi un mes fuera del país, volví con mucho más que una bitácora.
Entendí que no existe una sola manera de ver la vida ni una única fórmula para hacer bien las cosas. Cada cultura encuentra sus respuestas. Cada empresa y cada persona construye su propio camino.
Por mi condición de salud suelo ser muy estricta con mi alimentación y con muchas de mis rutinas. Este viaje me enseñó que, a veces, también está bien ser flexible. Que el bienestar no siempre consiste en controlar todo, sino en saber cuándo vale la pena adaptarse para disfrutar plenamente lo que la vida pone enfrente.