Desde pequeño soñaba con vivir la emoción de un Mundial. Hoy, Francisco nos cuenta cómo logró cumplir esa meta que lo acompañó durante 45 años y ahorrar le permitió disfrutar cada momento de una experiencia inolvidable.
Los grandes sueños también se juegan pase a pase. Nacen con un objetivo, se construyen con pequeñas decisiones financieras y se concretan con un poco de suerte. Este fue el camino con el que Francisco Tamayo logró viajar al Mundial de Fútbol 2026 para celebrar con hinchas de todo el mundo, una meta por la que esperó 45 años.
Algunos sueñan con conocer París. Otros quieren ver las auroras boreales o manejar un Fórmula 1. Yo quería vivir un Mundial de Fútbol desde la tribuna.
No me importaba el estadio o el país, lo que de verdad quería era vivir la experiencia de celebrar un gol mundialista y cantar con desconocidos como si fuéramos amigos de toda la vida.
Nací en Medellín y el fútbol siempre ha sido parte de mi vida.
Cuando era niño jugaba todo el tiempo, vivía pegado a un balón y de adolescente, hasta llegué a competir en la Liga Antioqueña. Y aunque a futbolista profesional no llegué, mi pasión siguió intacta sin importar los años.
Claro, ya no voy a entrenar a la cancha cuatro o cinco veces por semana como cuando era joven. Ahora tengo otro plan: voy cada domingo –sagradamente- a ver desde la tribuna a mi equipo del alma, Atlético Nacional.
Este ritual lo empezó mi padre. Y parece que en mi familia el amor por el Nacional es genético: ahora yo hago lo mismo con Rafa, mi hijo de 12 años. Cambiaron las generaciones, pero nunca nuestra cita de los domingos.
Esa misma pasión me ha llevado un par de veces a Barranquilla para alentar a la Selección Colombia. Y ha sido muy emociónate, sin duda, pero me faltaba vivir el verdadero partido de mi vida: asistir a un Mundial.
Un golpe de suerte
Gracias al desempeño de mi equipo, la empresa nos premió a mí y a cuatro compañeros y nos clasificó a un viaje de cinco días para asistir al Mundial.
La alegría por la noticia, por supuesto, fue tremenda. Pero no se compara con lo que significó aterrizar en Ciudad de México, donde la fiesta futbolera se sentía hasta en el aire. Fue como entrar en otra dimensión.
En cada esquina había camisetas de todos los países, decenas de pantallas gigantes transmitiendo los partidos en la calle, personas de muchas naciones en el Fan Fest coreando en todos los idiomas. Era imposible no contagiarse de esa euforia.
Durante cuatro días caminamos por el Zócalo, recorrimos la Avenida Reforma junto a cientos de hinchas totalmente enloquecidos, cantamos rancheras en la Plaza Garibaldi y comimos tacos, quesadillas, gorditas, tequilas y todo lo que México lindo y querido tuvo para ofrecernos.
Mejor dicho, tuvimos la previa perfecta para el partido que iba a jugarse el domingo siguiente entre la selección mexicana y la de Inglaterra.
Pitazo inicial
La cita fue en el Estadio Azteca, un estadio que, como buen aficionado, ya había visitado en un viaje anterior. Me encanta conocer los estadios de las ciudades a las que voy. Sin embargo, nunca deja de impresionar esa mole de 100.000 toneladas de concreto y más 90.000 asientos. El templo donde se han jugado tres mundiales de fútbol y que ha visto alzar la copa a los más grandes de la historia: Pelé en 1970 y Diego Armando Maradona en 1986 con “la mano de Dios”.
La recomendación de las autoridades mexicanas era que todos los espectadores llevaran capa para la lluvia, aunque el pronóstico del clima indicara un día soleado. Nos advirtieron que así no lloviera, iban a rodar ríos de cerveza. Efectivamente, con cada uno de los dos goles que anotó México, voló cerveza en todas las direcciones. Es alucinante: 80.000 mexicanos en un estadio suenan como una bomba. Es algo que se siente en el pecho, en los oídos y en el alma.
Lo que viví, sin duda, fue una de las experiencias más emocionantes de mi vida. Celebré como propios los goles de México, y los del partido de Colombia contra Ghana los grité a todo pulmón, junto a 200 colombianos en un típico restaurante de charrería al sur de la ciudad.
Aunque uno no esté en el estadio, ver un partido de fútbol de la Sele y en el país donde se lleva a cabo el Mundial, es, de verdad, lo más bacano del mundo. No puedo ni explicar la energía que se siente.
Ahorrar para disfrutar
Aunque el viaje llegó gracias a un premio, yo llevaba un tiempo preparándome por si las moscas.
Como el dólar venía bajando, aproveché para comprar dólares digitales a través de la app Mi Bancolombia. Lo hacía más o menos cada dos semanas.
Conoce más de Cuenta global de Wenia (Hipervínculo)
No era una suma fija. A veces compraba 10 dólares, otras 15 o 50, dependiendo de cómo estuviera la tasa. Y, así, fui reuniendo un ahorrito interesante para cuando llegara el momento de un viaje, aunque aún no tenía un destino en mente.
Así que cuando recibí la noticia, no tuve que cambiar plata, solo tuve que alistar la maleta; el resto lo tenía listo en mi cuenta.
El itinerario del viaje estaba apretado, teníamos que ir al estadio, visitar los sitios turísticos y como éramos un grupo grande, buscar una casa de cambio o tener efectivo suficiente en el bolsillo entre el alboroto, el tiempo, los planes de cada uno era bien complicado, así que todo lo pagué desde mi celular, con la tarjeta Wenia, que solicité desde la app de Wenia y está asociada a mi Cuenta Global,cargada en el Apple Pay, taxis, artesanías en el Zócalo, tacos callejeros y hasta cafés en la tienda de la esquina.
Este era un viaje para disfrutar como loco. Lo que menos quería era tener que preocuparme por temas logísticos.
Y eso fue precisamente lo que pasó. Con lo importante resuelto, pude simplemente dedicarme a vivir el Mundial, con todo lo que esta fiesta significa. Y que, para mí, no se mide tanto en goles y mucho menos en fotos de Instagram.
Los recuerdos del Mundial se quedan en esos instantes en el que el estadio entero grita al mismo tiempo y uno celebra con hinchas mexicanos e ingleses por igual, porque, por unos minutos, lo único que importa es el buen fútbol. Y cumplir ese sueño que tenía desde niño.
Los goles se celebran durante unos segundos, pero se quedan grabados en la memoria para siempre. Es igual con los sueños cumplidos: se recuerdan toda la vida. Por eso vale la pena empezar a construirlos desde hoy ¿Ya empezaste?