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Cada cuatro años hay un momento único que reúne a los países del mundo. Pero ¿sabías que las celebraciones de los partidos le pueden pasar factura a tu bolsillo? ¿Por qué pasa y cómo puedes cuidar tu plata? Acá te contamos
Hay épocas del año que se sienten distintas. Cambia el ambiente, cambian las conversaciones y, sin darnos cuenta, entramos en modo celebración. Una de ellas es la temporada de fútbol: las calles se llenan de camisetas, los grupos de WhatsApp reviven, el televisor se enciende más temprano y algo dentro de ti —aunque no seas el mayor hincha del mundo— empieza a moverse: una emoción que empuja, que invita, que susurra: “Esto también es para ti”.
Y sí, el fútbol tiene el poder de unir, emocionar y conectar. Pero también hay un efecto silencioso del que hablamos poco: activa decisiones de gasto que no siempre pasan por la razón. No se trata de apagar la fiesta sino de hacer un pequeño chequeo y entender qué pasa dentro de ti cuando compras en estos momentos. Porque el bienestar financiero no es dejar de vivir, es elegir con más consciencia.
Nos gusta pensar que tomamos decisiones como si fuéramos una calculadora: fríos, lógicos, impecables. Pero la verdad suele ser otra, muchas de ellas —incluidas las financieras— nacen primero en la emoción. De hecho, podemos hablar de dos “modos” internos que aparecen dependiendo de la situación:
Un modo rápido, intuitivo, impulsivo. Se activa con la urgencia, la euforia, el miedo a quedarse fuera, la promesa de “aprovecha ya”.
Un modo más lento, reflexivo. El que compara, planifica, calcula, se pregunta: “¿De verdad lo necesito?, ¿me conviene?, ¿qué implica para el resto del mes?”
En temporada de fútbol, el primer modo suele ganar. No porque seas irresponsable, esto se debe a que los eventos colectivos bajan nuestras defensas racionales. Nos hacen sentir parte de algo más grande y esa sensación de pertenencia es tan poderosa que el cuerpo la prioriza incluso por encima de la calma financiera.
Por eso muchas compras de estas semanas no tienen que ver con necesitar algo. Cuando el gasto es emocional, suele venir con una característica: se siente “pequeño” en el momento y grande después.
Imagina una escena sencilla. En la oficina todo el mundo habla del partido. Hacen pronósticos, reúnen a sus amigos y planean verlo juntos. Varias personas llegan con la camiseta nueva. Tú no eres futbolero, pero tampoco quieres ser la única persona que no participó.
Días después, sales con una bolsa en la mano. La camiseta está ahí. No estaba en el presupuesto, pero tampoco parece tan grave. “Es solo una vez”, te dices. En realidad, lo que se activó no fue el amor al fútbol. Fue el miedo a la exclusión.
Nuestro cerebro está hecho para buscar pertenencia. Durante miles de años, quedarse fuera del grupo era peligroso. Hoy no hay lobos esperándonos en la puerta, pero el cuerpo no siempre sabe diferenciarlo y por eso sentirse excluido sigue siendo incómodo. Entonces compramos y luego buscamos como justificarlo, ¿te suenan familiares estas frases?
“Estaba en oferta”.
“Es apoyar al país”.
“Me lo merezco”.
“Total, no pasa nada”.
No está mal querer pertenecer. Lo importante es reconocer desde dónde estás gastando, porque si sabes que compras para encajar, hay una pregunta poderosa que puedes hacerte: ¿Puedo ser parte de este grupo o vivir esta experiencia sin endeudarme? La respuesta muchas veces es sí.
La temporada de fútbol también trae una avalancha de mensajes diseñados para que compres rápido:
“Edición limitada”.
“Últimas unidades”.
“Solo por hoy”
“Antes del partido”
“Combo especial”
“Cuotas pequeñas”
Son frases que funcionan porque no atacan tu lógica, van directo a tu emoción. Te empujan al punto exacto donde el impulso gana: el momento en que sientes que, si no lo haces ya, pierdes una oportunidad. Aquí pasa algo curioso: el foco deja de ser el producto y se vuelve el reloj. Ya no compras por necesidad, sino por urgencia.
Una regla sencilla que ayuda mucho en estas temporadas es esta: si te están apurando, no es el mejor momento para decidir. Tomáte unas horas para pensar en esa compra, seguro te darás cuenta de que no era necesaria.
Otra escena. Tu televisor funciona bien, pero alguien cercano está estrenando uno enorme “para ver los partidos como se debe” y sin darte cuenta, empiezas a mirar tu sala distinta… sientes que se quedó pequeña. Entonces aparece la idea: “Podría cambiarlo…” por uno más grande o moderno, con “modo fútbol” o mayores pulgadas. Buscas una compra que te da una satisfacción inmediata: la sensación de estar “a la altura”.
Pero después llega la otra parte: la cuota, el arriendo, los otros gastos del mes. Aquí no estamos hablando de caprichos, sino de comparación. Cuando nos medimos frente a otras personas (sobre todo ante quienes parecen tener más), se activa una incomodidad silenciosa y el consumo aparece como un atajo para calmarla: “si compro, me siento mejor”.
El problema es que ninguna compra cura inseguridades y cuando la emoción se apaga, la deuda se queda encendida. Una pregunta que desactiva mucho este impulso es: ¿estoy comprando para mí o para ser visto?
En temporada de fútbol, el sistema de cuotas se vuelve el traje perfecto para el impulso, porque cuando son pequeñas se siente como si no fuera plata. Es el “me lo puedo permitir” de moda.
Las cuotas tienen una habilidad peligrosa: se acumulan. Camiseta + snacks + uniforme del niño + streaming + televisor a 12 meses = una suma que no se siente al comprar, pero que aparece completa cuando llega el extracto. Una forma útil de verlo es esta: no pagas lo que cuesta la cuota, estás pagando lo que vale tu decisión.
Si quieres usar cuotas, que sea con una regla:
Solo si ya sabes cómo se verá tu mes con esa cuota encima.
Únicamente si no te quita aire para lo básico.
Hay decisiones que pesan más porque involucran a quienes queremos. Un niño que llega triste por no tener el álbum, una hija que siente que “todos” ya tienen algo o un adolescente que te mira con esa mezcla de ilusión y presión.
Como madres y padres, es normal que las emociones de tus hijos tengan un impacto en ti. Y muchas veces reaccionamos desde nuestro propio pasado: lo que no tuvimos, lo que nos faltó o aquellas promesas internas que hicimos sin darnos cuenta. Compramos para evitarles dolor, incomodidades y que no pasen por lo mismo.
Aunque nace desde el amor, esa buena intención puede desordenar la casa financiera: se desacomoda lo básico, se corre el pago importante, se estira la tarjeta. Pero hay una práctica sencilla y poderosa que ayuda más de lo que piensas: poner límites.
Porque lo que tus hijos más necesitan no siempre es lo que se compra. Muchas veces es presencia, conversación, acuerdos amorosos o aprendizaje. De hecho, la temporada de fútbol puede ser una manera de enseñarles que los momentos de alegría se disfrutan mejor cuando no te dejan una preocupación después.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que las finanzas eran solo números: ingresos, gastos, ahorro. Y es cierto tener claridad, hacer seguimiento y planear es fundamental.
Pero la plata también cuenta historias. Habla de tus miedos, tus deseos, lo que buscas, lo que intentas evitar, lo que te da calma y pertenencia. Por eso, en temporadas emocionalmente intensas como el fútbol, vale la pena parar un segundo y preguntarte qué hay detrás de cada impulso.
Cuando te conoces bien, dejas de pelear con tu forma de gastar y empiezas a entenderla.
Si estás en modo euforia, no necesitas una clase de finanzas, solamente pausa. Este protocolo corto te ayudará a pensar cada compra antes de pasar tu tarjeta.
Respira y nombra la emoción (10 segundos). ¿Estoy eufórico? ¿Ansioso? ¿Con FOMO (miedo a quedarme fuera)? ¿Comparándome?
Haz una mini-pregunta de realidad (20 segundos). Si esta compra pudiera esperar hasta mañana, ¿la haría igual?
Revisa el impacto (30 segundos). ¿Puedo pagarla sin tocar lo básico del mes?
Decide la versión inteligente (30 segundos). Si es un “sí”, ¿puedo hacerlo de otra forma? (más barato, de segunda mano, compartido, sin cuotas)
Con este protocolo podrás manejar la emoción mientras cuidas tus finanzas.
Antes de la próxima compra o de aceptar una cuota más, regálate un momento y pregúntate:
¿Esto lo quiero yo o me gusta cómo me hace sentir frente a los demás?
Si espero uno o dos días, ¿seguiría queriéndolo igual?
¿Puedo pagarlo sin afectar mis gastos básicos del mes?
Si esta compra es para mis hijos, ¿qué necesidad estoy intentando cubrir?
¿Qué emoción está tomando la decisión por mí ahora mismo?
No siempre la respuesta será “no comprar”, a veces es “sí, pero de otra forma” o “mejor no ahora”. La clave está en que la decisión la tomes tú, no el impulso.
El fútbol tiene algo precioso: nos recuerda que podemos celebrar con desconocidos, emocionarnos juntos, sentirnos parte de un grupo. Esa magia no está en lo que compras, la esencia es lo que compartes. Hay formas de vivir la temporada con intensidad sin convertirla en un agujero financiero, acá te compartimos algunas ideas:
Organizar un “picoteo” por turnos (cada persona lleva algo).
Hacer una camiseta creativa (sin comprar la oficial).
Ver el partido en casa con amigos o familia.
Poner un “presupuesto de temporada”: una cifra clara y finita para estos meses.
El bienestar financiero no se trata de vivir con restricciones. Es recuperar la calma al saber qué entra, qué sale y si lo que haces hoy se parece a la vida que quieres construir mañana.
En temporada de fútbol, tu emoción no es el problema, pero si toma el mando y la plata solo obedece, es importante que tomes unos minutos para pensar cuál es tu mejor opción.
Recuerda: no se trata de dejar de sentir ni de no permitirte celebrar cada gol de la selección, es elegir con determinación. Ahí empieza el verdadero bienestar.
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